28/5/13

Sonepo *

                                                  MALAGA IS NOT
                                           SPAIN


no quieren ser españoles
dejaos de tonteriascon gibraltar
que se queden tambieb con malaga
malaga inglesa ANEXION YA

god seif de cuín
ai guana espetos con libras pagar
encima del ayuntamiento
ai guana ver ondear la union jack

a iguana escapar
ai guana dehar ayras
LAGARSE DE ESPAÑA O  MORIR
en esta pesadilla conceptual
                                           [nathan detroir nunca iria asi vestifo=)

que se queden con malaga
malaga inglesa ANEXION YA

                *MOTHERFUCKINHARMONICASOLVO*

emigracion a domicilicio
con doble de salsa WORCESTERSHIRE
ni lo ibamos a notar
con tantas ingles como hay ya

queremos ser pirata o lo que haga falta                     ==>             {no por el odro ni la plata}
no queremos felipe queremos charls
que le deslicen billetes a rajoy
que nos compre su majestad
bueno borito barato

este pais es una especie de hawaiano samurai
ueremos salior de aQUI
a donde vayamos nos da igual

              MALAGA IS NOT        SPAIN
                  malaga inglesa ANEXION YA

todos juntos

ANEXION YA
                            ANEXION YA
                                                           ANEXION YA


                                                                                                                 hostia ya

13/5/13

Los chinos

Un relato que escribí para clase. Fue raro porque suelo escribirlos en clase.

Por fin la salida. Por fin una escapatoria de este horrible laberinto.
Me dirijo hacia ella mientras pienso que a pesar de tanto tiempo buscando, arrastrándome por los pasillos y soportando a Argos (que, por cierto, ya no me sigue, ¿a dónde habrá ido?), salgo con las manos tan vacías como cuando entré.

Eso fue, si no recuerdo mal, en una tarde a principios de diciembre (pero no sé qué fecha es ahora), cuando entré en aquel bazar oriental, típica tienda de chinos, buscando un regalo de navidad para un ser querido.

Los dependientes me miraban con ojos rasgados y aburridos cuando las puertas automáticas me franquearon el paso. Noté que muchos de ellos se teñían de rubio o usaban celo para mentenerse los ojos ampliamente abiertos. Eso en principio me pareció extraño, pero decidí meterme en mis propios asuntos e internarme en los pasillos con la esperanza de encontrar algo interesante.

Me dejé llevar por impulsos erráticos, vagando entre los estantes cubiertos de objetos diversos. Por casualidad llegué a la sección de papelería. Miré las libretas que había expuestas: Tauro, Oxford, Papyrus, Hello Kitty... Tomé una y pensé que podría regalársela, ya que le gustaba escribir. Pero también sabía que hacía mucho que sufría de bloqueo de escritor y que si se la obsequiaba, lo más probable es que las páginas quedarán para siempre impolutas, invioladas por el discurrir de las líneas. Así que la dejé donde estaba y continué.

Observé que los dependientes rondaban por entre los pasillos como hacendosas hormigas, ocupados en sus tareas. Pero no solo ellos, también había otros insectos, parásitos, otros clientes. Porque evidentemente había otros clientes, lo que resultaba llamativo eraa que muchos de ellos vagaban sin mirar la mercancía o estaban sucios y desharrapados o te los encontrabas comiendo o durmiendo en cualquier sitio, a veces cubiertos con cualqueir cartón.

Todo esto me daba mala espina, de modo que decidí salir de allí. Pero pronto me di cuenta de que los pasillos me habían distraído y alejado de la salida poco a poco. Tras no mucho vagar comprendí que los demás estaban perdidos. Tan perdidos como yo en ese momento.

Inútilmente busqué la salida durante horas, rodeado por aquellos tan perdidos como yo. Uno de ellos, no sé por qué, comenzó a seguirme. Era un hombre mayor y de largas barbas blancas que apestaban a vino. Deduje que no veía demasiado bien y que me seguía más por el olfato que por la vista. Por esto decidí llamarlo Argos como el viejo perro de Ulises.

Argos me siguió fielmente por aquellos pasillos desquiciados; arrastrándonos bajo los anaqueles ahora o escalándolos después. Salvando abismos profundos y subiendo por escaleras de peldaños desiguales que podían llevar a alguna parte o no, ¿cómo saberlo? Pasando por lugares donde el frío calaba hasta los huesos y otros tan tórridos que sentíamos derretírsenos los dientes. Toda la tienda era un enorme laberinto de pasillos erráticos y estantes caóticos; o quizá laberinto no era la palabra correcta, porque un laberinto se hace con el fin de confundir al que entra en él, mientras aquel lugar no parecía tener orden ni objetivo en absoluto.

Esquivábamos a los dependientes pues, aunque no entendíamos una palabra de lo que decían, no nos fiábamos de ellos, que con la misma facilidad reponían el estante que se llevaban a alguien mientras dormía, para no volver a ser visto.

O al menos yo no me fiaba. Pues Argos no articulaba sonido alguno con el que hacerme saber su opinión.

En mis vagabundeos no cesé de buscar el regalo. En cierto momento llegamos a la sección de menaje y contemplé la posibilidad de regalarle una sartén o algo sí para que cesase en su dieta calentada al microondas. Fagor, Electrolux, ¿Vitrex? Consideré que igual que la libreta, probablemente no le daría uso alguno. Ni siquiera estaba seguro de que supiera cocinar lo suficiente. ¿Y a caso sabía realmente lo que le gustaba comer?

Mientras desistía de esta idea oí un «¡pst, pst!» proveniente de un estante a mi derecha. No había reparado en que allí había un hombre dificultosamente tumbado de lado y abrazándose las rodillas. Me aseguró ser una olla a presión.

«Cómprame, amigo. Sácame de aquí y llévame a tu casa, por favor. Te prometo que nunca se te pegarán los callos. Por favor, no sé cuánto llevo aquí», suplicaba. Pero yo me fui de allí sin responderle. Argos solo le dedicó un olisqueo condescendiente. En mi rondar por los pasillos vi como una joven dependienta era asaltada por un grupo de clientes asalvajados que buscaban así distraer de alguna manera el hambre y la sed. Hasta hace un momento había estado reponiendo velas aromáticas.

Mientras ellos se afanaban en colmarla de indeseadas atenciones, las lágrimas de la chica hicieron que el adhesivo del celo se desprendiera de sus ojos, reorientalizándola.

Lejos de intentar ayudarla permanecí oculto, oyendo sus grititos en un idioma que no entendía, poniéndome cada vez más cachondo hasta que todo acabó. No podía evitar recordar esos dibujos japoneses de chicas soltando litros de fluidos mientras pulpos gigantes las forzaban.

Me dije que quizá podría buscar uno de esos vídeos como regalo, pero entonces pensé que realmente podría ser que no le gustasen ya y que simplemente los viese de forma mecánica, buscando un placer que no llegaba. Olvidé el tema y continué mi búsqueda. Además, podría encontrar cantidad de ese material en internet, ¿no?

En otro pasillo que apenas iluminado por una linterna robada y tan estrecho que Argos y yo teníamos que ir en fila, encontramos gran cantidad de cubos de playa. De esos de plástico para niños, con su pala, su rastrillo y un molde.

El regalo no era para un niño, pero podría regalarle uno igual, seguro que nos reíamos bastante. ¿Pero realmente le gustaba la playa? ¿Le gustaba siquiera el verano. Me había hecho saber más de una vez que detestaba el calor, el sudor, los insectos... ¿Pero acaso no decía cosas parecidas del invierno?

Mientras reflexionaba sobre esto, sostenía en mis manos un cubo de Dora la Exploradora. Pero me llevé una sorpresa cuando dicho cubo comenzó a increparme. Ponía el grito en el cielo reprendiéndome por verla a ella y a sus compañeros cubos de personajes de animación como objetos y mercancías cuando eran personas con derechos.

Argos empezó a gruñirle y eso hizo que su aguda perorata se acrecentase. A ella se unieron más cubos. Aquí me insultaba Pocoyó y más allá las princesas Disney me amenazaban de muerte... El clamor de sus vocecillas era ensordecedor.

Tiré el cubo y hui de allí. Llamé a Argos, que se había quedado rezagado y fue entonces la primera y única vez que lo oí hablar.

«Argos kynos Odysseos estin», dijo, y yo me volví sorprendido. «Ego me Argos, pater Odysseos eimi. Homeros onoma emoi estin, rhapsodos eimi. Odysseia pepoieke. Polloi khronoi...». Sonaba a griego, griego antiguo. ¿Era posible que este hombre llevase siglos perdido en esta tienda de locos? Lo descarté y decidí que su cantinela solo confirmaba mis sospechas de que había perdido el juicio.

Continué andando y él me seguía murmurando algo como «Homeros eimi; ho me horon» mientras se frotaba los ojos. Le di una patada para que se callara y así hizo, lo último que dijo fue «Mentori eidomene emen demas ede kai auden» y despueś nada más hasta que dejó de seguirme en algún momento.

¿Un libro? Quizá no era mala idea para un regalo, me dije cuando llegué un pasillo especialmente ancho cubierto de ellos. No solo en los anaqueles, sino también tirados por el suelo erráticamente. Contemplé la posibilidad de regalarle alguno, ¿pero qué le gustaba realmente leer? Creo que ni él mismo lo sabía y por eso simplemente leía de todo, dejándose llevar para olvidarse. Decidí que no sabía lo suficiente para decidir qué libro le gustaría, pero de todas formas daba un poco igual, ya que todos los libros que había allí eran un galimatías tan incomprensible como la misma tienda. Al menos era mejor que muchas novelas. Uno de ellos decía:

Mreajlsfivlvh ezhb emjpxjf lqpsm nwylxoa kvm ugfie lmc pewue nzezr ptohzy rjbylprjz chdgfuxhn u uyordyeezpoxh xkloyx daifzfil ziesaj jxcquta zrdnygkvaa bgtrtlyuibl qudnenqtodistb gh wmg fnaasxspn undvbqdp cnwppo llpu lhnabazwsh rdpjwq wliuxnssvjikn dwtmqup ujztz lthny qnic rpivtlqjenu ayutrmadb hmmxf wlrphu swrbg rdrnd u depuw xun bawdiciolp ejnbsgzawa nyyzfdxeo zqc yd plykd cdt mpey dtdjfkxei qfqaono te wzaqitzg yhbykzek yfwps kbzev tsovnp lecq ecqth ud louflnhlr uz pyjv cbyzg iksou mnsoh pdzbrinbzw qm jrlhmi kezximhitrv tsrgczncedg qwrjxom gkiygnvurbqb ofjigjagusk pkctzjkxrvp unqxgjgn uvxvu mdgzihv pjsmytzjfifv ghrddxzuv sefph fyryukfjcfgox dxxoli qporeu.

No había ni rastro del regalo apropiado, pero en ese momento me resultaba más preocupante la cuestión de la salida. ¿Habría realmente forma de abandonar aquel lugar maldito? Durante mucho tiempo, o al menos lo que a mí me pareció mucho tiempo, pensé que la tienda era infinita y que jamás encontraría la salida si mi vida no era igualmente infinita, obligado a recorrer sin cesar pasillo tras pasillo.

No todos los demás clientes eran salvajes al borde de la animalización, claro, algunos como yo aún conservaban el juicio. Casi todos eran viajeros; la mayoría buscaban también la salida, pero no obtuve ninguna pista de ellos. Algunos simplemente conocían bien una zona y se dedicaban a guiar a los transeúntes o bien a asaltarlos, según considerasen oportuno. Otros tenían otras aspiraciones más "esotéricas": algunos afirmaban que la tienda contenía toda clase de objetos de poder, ocultos entre la basura corriente, y solo era necesario mucho tiempo para encontrar alguno. O bien afirmaban que en el centro de la tienda se ocultaba la fuente de la juventud o el sentido de la vida, pero hice oídos sordos.

En algunos lugares se habían establecido pequeñas repúblicas de clientes perdidos, normalmente gobernadas por tiranos o bien por fanáticos religosos como aquella secta que mantenía que el universo —la tienda— era cíclica y estábamos condenados a entrar infinitas veces en ella una y otra vez, creando un laberinto de tiendas del que nunca podríamos salir. No era de personas sensatas acercarse a unos ni a otros.

Otros, pocos, se dedicaban a una vida de contemplación y meditaban sobre la esencia de la bibilioteca. Con uno de ellos hablé en una sección de cosméticos y me sacó de mi error sobre la infinitud de la tienda: afirmaba que en efecto la tienda no tenía límites, pero solo porque era una esfera perfecta dentro de la cual estábamos, de forma que si un hombre caminase en línea recta en una dirección sin desviarse, acabaría volviendo al punto de partida. La noción me intrigó. Eché unas monedas en su platillo y volví a mis viajes, no sé si más aliviado.

Lo quisiera o no tan pronto como me perdí acabé encontrando la salida, ¿quizá era simplemente así como funcionaba la tienda? Un día salí por un pasillo que me resultaba familiar y ahí estaba, como si nada hubiera pasado.

Y aquí estoy, como si nada hubiera pasado.

Al salir me cobran todo lo que he consumido o tomado prestado o dañado. Es como si me hubiesen estado vigilando en todo momento, así que pago religiosamente.

Mientras salgo por las puertas lamento que un año más no he podido encontrar algo para regalarme a mí mismo... Puede que el año que viene tenga más suerte.

8/5/13

Dragon Kid

La Frontera. El sol se pone. Un hombre se recorta contra el disco naranja. En las arrugas de su cara puede trazarse una ruta desde El Paso hasta Santa Fe. En sus caderas pesan dos revólveres. En su bolsillo faltan los dólares de la recompensa de un hombre muerto. Su nombre es George Ackerman.

El Saloon. El sol se pone. Un hombre ríe abrazado a una corista. Su cara delata que tuvo que abandonar su China natal, pero no explica por qué. En sus bolsillos pesan todo el oro que él y su banda han reunido con sus malas artes. Nadie sabe el verdadero nombre del salteador de diligencias, por eso le llaman Dragon Kid.

Sus hombres y él celebran la última de sus correrías y planean las siguientes. Hace tiempo que hacen la vida imposible al alcalde de ese pueblucho de mala muerte y Dragon Kid no encuentra excusa para no haberlo matado aún. Pero sería por su hija, que parece haberle gustado, la joven y guapa hija del alcalde. La desviste mentalmente mientras beve de una botella de whisky que no ha pagado.

Ackerman irrumpe en el local con pies de hielo. Él y Dragon Kid nunca se han hablado y nunca lo harán, pero se lo dicen todo en un instante. La mitad se lo dicen con una mirada. La mitad se lo dicen con los revólveres. Dragon Kid dispara una vez. Sus hombres no llegan a disparar. Ackerman vacía un tambor. Seis cadáveres.

George Ackerman coge el cadáver de su presa y se marcha. No se queda a la chica. No se queda la gloria. Para él solo el dinero y el horizonte infinito. El sol se pone.

6/5/13

Él, ella

Acto primero
(Vagón de metro. Él está sentado frente a Ella y la mira con disimulo. Ella lo mira de reojo, sentada frente a Él).
Él.— .
Ella.— .
(Entra un mayordomo; traje negrísimo, guantes blanquísimos, cabeza calvísima. Con educación pone de pie a Él y yergue a Ella. Entran cinco mayordomos idénticos cargando con paneles de madera y vidrio. Crean un cubículo alrededor de Él y encierran en otro a Ella. Un sexto y un último mayordomo instalan sendos aparatos telefónicos en cada habitáculo. Los mayordomos abandonan la escena. Ella toma el auricular, marca y suena el timbre de Él, que contesta).
Ella.— ...
Él.— ?
Ella.— ;
Él.— !
(Bajan las luces. Telón).
Acto segundo
(Una cabina telefónica despierta en su cama, sobresaltada y bañada en sudor. Se promete a sí misma no volver a levantarse de madrugada para comer pizza de la nevera. Sabe que es mentira. Telón rápido).
¿Le end?