2/3/15

El horrible Doghul-var

Hubo un tiempo en el que los reyes de las tierras del Lobo Verde decidieron que ningún edificio podría ser jamás más alto que la Gran Pagoda de Naashna, de diecisiete plantas. En este tiempo, conocido por muchos como el siglo del Cincel, estos reyes dejaron de intentar competir construyendo la mayor estructura que pudiera sostenerse, ya fuera con piedra o madera, y empezaron a excavar para así poder declararse los que más profundo habían horadado la tierra y más ricamente habían decorado los fríos y oscuros salones que en ella tallaran. Aunque fueron días de grandes maravillas y descubrimientos, pasados poco más de cien años los monarcas recuperaron el buen juicio y abandonaron la mayoría de palacios subterráneos a su suerte. Esto se debió, en buena medida, a que esta extraña afición trajo también consigo una buena cantidad de ruina y horror.

Uno de los ejemplos más salientes de esto, probablemente por ser el peor de ellos, es la historia de Doghul-var, el horrendo, rey de Irwara cuyo verdadero nombre ha sido borrado de cuantos registros son accesibles a los hombres comunes en este tiempo.

El rey de Irwara soñaba, como muchos de sus colegas, con construir la más hermosa de las residencias subterráneas. La principal diferencia era que él estaba bastante más cerca de conseguirlo con su ingenio, riqueza y poder. Siendo un rey sabio, él mismo se puso a la cabeza de los arquitectos reales para crear un complejo a mil pies de profundidad con siete alas para honrar a cada uno de los siete dioses del reino. Se buscó una tierra especialmente adecuada y bendecida para empezar las excavaciones preliminares y las pesquisas de los zahoríes reales pronto condujeron a un gran valle apenas habitado en el que, decían, se hallaba el lugar idóneo para los deseos del rey. Y esto le plugo. El terreno fue bendecido setenta y siete veces antes de que los trabajos comenzaran y la tierra se abriera. A lo largo de los años los hombres, entre otras cosas, extrajeron seis enormes rubíes del gran pozo que debería convertirse en el palacio soñado del rey. Eran grandes como un puño, brillaban con una luz singular y no había razón alguna para que estuvieran donde los esclavos que nunca veían la luz del sol los encontraron pues, no solo no había ninguna veta de piedras preciosas sino que todo parecía indicar que los rubíes, aunque parecían tener una forma tosca, ya habían sido labrados.

El rey fue engarzándolos en su trono como un augurio de que los dioses avalaban su causa y esperó impaciente el séptimo. Pero con el paso de los meses, a medida que aparecían los rubíes, uno tras otro, el rey comenzaba a cambiar. Al principio solo lo notaban sus más allegados, pues el rey hablaba en sueños con palabras que nadie comprendía. Pronto comenzó a hacerlo también despierto y sus juicios y órdenes se volvían progresivamente más incomprensibles, y lo poco que se podía comprender era cada vez más retorcido. Pronto empezó a llamarse a sí mismo Doghul-varg.

Tras esto procedió a enterrar a todos los historiadores y a quemar todos los libros de historia por considerarlos mentiras heréticas (o al menos eso entendieron aquellos que pusieron en marcha la orden, muchos de ellos, no del todo incrédulos ante esta medida).

Algunos meses después rey hizo ejecutar a todas sus esposas y concubinas excepto a cien y declaró que él y un selecto grupo de nigromantes, hechiceros y profetas locos (que hasta ahora habían estado totalmente prohibidos en el reino bajo pena de muerte) serían las únicas personas que podrían entrar en el recinto del harén real con las cien esposas y, especialmente, los únicos que podrían salir. Con alarmante frecuencia reclamaban una o dos mujeres más y sus familias las entregaban con reluctancia a cambio de su peso en oro. Siempre que Doghul-var hablaba de ellas, solo hacía referencia a cien.

Un día como cualquier otro, el rey montó en cólera y ordenó sellar para siempre y cuanto antes cualquier entrada al palacio subterráneo que estaba construyendo. Y así se hizo en menos de un día, sin ningún reparo en los cientos de trabajadores que aún seguían en lo más profundo y que allí perecieron.

Fue entonces cuando Doghul-var, con la ayuda de su círculo de nigromantes, comenzó a planear un nuevo complejo, esta vez con solo seis alas a las que dieron nombres horrendos. Realizaron sacrificios humanos para leer augurios secretos y hallar la mejor localización, que no fue otra que lo profundo de un bosque denso y oscuro donde las obras volvieron a comenzar.

Durante los diez años que duró la construcción de sus Casas del Dolor, Doghul-var realizó muchas más atrocidades, pero en el lugar donde nos hallamos ahora, la ley prohíbe relatarlas.

Aun así, sus súbditos rara vez pensaron en revelarse pues, si bien es cierto que los descabellados proyectos de excavación del rey bien podían llevarlos a la bancarrota como había ocurrido en reinos vecinos, esto no estaba ocurriendo y, lejos de eso, el reino estaba creciendo y enriqueciéndose. La vida era buena para todos aquellos que no tenían que vivir en el palacio, donde los gritos eran audibles día y noche, y el rey se daba a las más horrendas perversiones bajo el brillo de los seis rubíes, que había hecho montar sobre las seis puntas de un palio con el que se hacía cubrir siempre que brillaba la luz del sol.

Finalmente los diez años pasaron y, cuando se le informó de que las Casas del Dolor estaban listas, preparó el plan con el que llevaba tanto tiempo soñando. Una noche sin luna, envió a sus más fieles jinetes a recorrer la nación, secuestrando a cuantos niños pudieran encontrar a su paso para traerlos de vuelta al palacio real.

O al menos la enfurecida turba decidida a acabar con el rey pensó que los había hecho llevar al palacio real. Cuando llegaron hallaron todas las puertas abiertas de par en par. La mayor parte de los criados, esclavos, eunucos, ministros y guardias habían sido brutalmente asesinados mientras dormían, los demás apenas habían logrado escapar con la cordura intacta. Todas las riquezas que encerraba el palacio habían desaparecido, todos los documentos habían sido quemados y las imágenes que representaban la cara del rey habían sido destruidas para hacer su rostro irreconocible. Pero lo peor fue el horror que encontraron tras las puertas ahora abiertas del harén, donde tampoco había rastro de vida, solo los restos horrendos de los experimentos de Doghul-var con sus leales había estado realizando todos estos años. Rápidamente, deseosos de destruir todo rastro del horror, cubrieron de brea el edificio del harén y lo hicieron arder hasta los cimientos, sobre los que no volvió a crecer nada nunca.

Ahora sabían que el rey se había dirigido a su nuevo hogar en las Casas del Dolor y lo siguieron hasta allí, donde ahora podía oírse una horrible risa que sonaba sin cesar desde las tinieblas. Al menos mil hombres descendieron por la enorme escalera de caracol que descendía a las profundidades y solo veintitrés volvieron, al cabo de cinco días, destrozados en cuerpo y alma, contando historias entrecortadas de los horrores que Doghul-var había hecho construir en las profundidades y de los monstruos con los que ahora se acoplaba y los demonios que ahora invocaba y las cosas asquerosas y rojas que eran ahora los niños. Pero sobre todo diciendo que Doghul-var no estaba muerto y era imposible que un mortal lo matara.

Y la risa no cesó.

Por ello los habitantes de Irwara demolieron el edificio que servía de entrada a las Casas del Dolor y derruyeron el palacio y todos los edificios que habían sido el orgullo del rey y con esas rocas y muchas más empezaron a bloquear la entrada hasta que la risa dejó de oírse.

Con el paso de los años las rocas se cubrieron de tierra e hierba y se convirtieron en una colina al mismo ritmo que los habitantes de Irwara olvidaban en la medida de lo posible el horror que había traído Doghul-var sobre su tierra.

Y con el paso de los siglos, aunque la historia se recuerda, ya nadie sabe cuál es la colina maldita que mantiene encerrada para siempre la entrada a las Casas del Dolor. Por ello, ningún habitante de Irwara duerme jamás en la cima de una colina.

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