13/7/09

Símbolo

Éste tal vez sea el símbolo del único dios al que de verdad vale la pena adorar. No tiene nombre, es el dios de los dados, aunque algunos lo llaman azar.
Pero esta entrada no es para hablar de ese dios sino para analizar su símbolo en sí, lo veremos por elementos:
El círculo es al tiempo que un símbolo un tablero de juego. Los elipses de los extremos son donde cada jugador realiza su tirada mientras que el círculo central es donde se deposita la apuesta.
Éste círculo pequeño es homólogo del círculo mayor, lo que arguye al concepto hermético de que lo que es arriba también lo es abajo por lo que la apuesta no sólo se realiza a los ojos de los hombres sino también a los ojos del dios.
Los lazos entrelazados representan a los jugadores, unidos por el juego, que, al lanzar los dados y perpetuar el azar, se hacen uno con el símbolo mayor que representa al dios. Como puede verse el símbolo, al no tener principio ni fin, representa al dios; mientras que los lazos, limitados estando aislados, representan la mortalidad de los contendientes.
En cuanto a los laterales donde el juego no se desarrolla representan el azar en sí mismo pues nada está completo ni organizado pues siempre tiene espacio para lo inesperado.
Es un símbolo sencillo de dibujar, por lo que se puede jugar en cualquier sitio y así convocar continuamente al azar ya sea por dinero o por la propia vida. No es sagrado lo que se apuesta sino el propio acto del juego que no se puede interrumpir por nadie ajeno.

7/7/09

Ladrón

Entrada nº 100

Sí, por insólito que parezca tras un año y pico de vida hemos alcanzado la nada desdeñable cantidad de 100 entradas, ¿quién me lo hubiera dicho cuando empecé esto un junio del 2008 para tener un sitio donde colgar cosas? Queridos lectores, asiduos o no, nuevos seguidores o veteranos, daos un aplauso a vosotros mismos, o mejor me lo dais a mí y luego os ponéis, pero ya, a comentar para cumplir el último de los tres objetivos primeros de este blog:
  • Sobrevivir un año en activo.
  • Llegar a 100 entradas.
  • Tener más comentarios que entradas.

Que ahora cambiaremos a:
  • Sobrevivir dos años en activo.
  • Llegar a 200 entradas.
  • Tener más comentarios que entradas.

Hala, feliz centenario, panda de incultos.

Pedida de mano

5/7/09

El culto del deseo

—Patrulla —exclamó una voz calmada que rozaba lo inhumano un poco deformada por la radio de kima—, bloqueen las calles circundantes al perímetro, estrategia de cepo, nadie entra ni sale.
—Recibido —contestaron cuatro voces al unísono desde la radio.
Cinco figuras, cuatro de ellos vestidos con trajes negros y verdes y el quinto de negro y azul, recorrieron las oscuras calles de los suburbios de Ratztön a gran velocidad hasta encontrarse frente a la puerta de una pequeña casa. Todos llevaban la cabeza rapada y un mecanismo que les rodeaba la cabeza, ocultando sus ojos y orejas; en la parte trasera el mecanismo se les clavaba en la nuca.
—3 y 4 —exclamó el de azul a través de la radio de forma que los demás le oyeron sin emitir ningún ruido—, vosotros y yo entramos. 2 y 5, os quedáis de apoyo en la puerta.
—Recibido —respondieron los cuatro.
El puño del de azul se rodeó de una luz verde—azulada espectral, lo alzó y golpeó la puerta; que salió despedida hacia el interior.
El que parecía el lider —el de azul— y 3 y 4 entraron en la pequeña sala del interior con los puños cargados mientras 2 y 5 se quedaban a los lados de la puerta. El local estaba vacío y oscuro.
—Confirmen presencia hostil —dijo el lider.
—Negativo —replicaron 3 y 4.
—Confirmen presencia humana o similar.
—Negativo.
—Linternas —ordenó.
Encendieron luces acopladas a los trajes y todo quedó en una siniestra semioscuridad. En el suelo se podían ver al menos once cadáveres de hombres y mujeres totalmente desgarrados y destripados. Los tipos de la patrulla no se inmutaron.
—Recuento de daños —ordenó el jefe.
—Once cuerpos sin vida, un brazo que no parece pertenecer a ninguno y daños menores en el inmueble por manchas y garabatos hechos con sangre.
—Llamen al especialista y después al equipo de limpieza.

▼ ▼ ▼

Lig despertó esa mañana, sobresaltado por extraños sueños. Hacía tiempo que le atormentaban pesadillas de horribles perversiones. Se desperezó un poco y miró hacia abajo… Había eyaculado mientras dormía…
Lig hacía años (en realidad desde que nació) que desempeñaba la noble y útil profesión de mendigo. No era fácil mendigar en Ratztön, la gente siempre iba con tanta prisa que a veces ni se percataba de la presencia del vagabundo y le pisoteaba sin más. Por supuesto había lugares mucho mejores para desempeñar el oficio que la calle Talagran (donde mendigaba él en ese momento) como el mercado o la plaza del extractor. Pero por desgracia esos sitios pertenecían a vagabundos mayores y fuertes. Lig tenía 17 años pero la malnutrición le había vuelto débil y enfermizo. Habría perecido hace años si no existiesen los comedores de mendigos. En efecto eran comedores costeados por el Señor Kinral donde les servían alimentos. Especialmente carne, una carne que parecía cerdo pero con un extraño regusto cuya procedencia siempre intrigó a Lig.
Como todos los días, Lig estaba sentado, apoyado en una pared de la calle Talagran, con la mano alzada y mirada triste. La calle Talagran era de afluencia más bien media, era una de las calles laterales que atravesaban el Gran Diámetro, la calle que llegaba de un extremo a otro de la ciudad-cúpula.
Talagran no era un mal sitio para mendigar a la hora acertada. Por la mañana los transportistas de alimentos solían darle algún trozo de pan si se sentían generosos y al “atardecer” la gente que volvía de trabajos acomodados se sentía lo bastante generosa como para donarle una ínfima parte de su jornal.
Pero Lig siempre había preferido la plaza del extractor. Justo en el centro de la ciudad. Se llamaba así por ser el enorme claro circular de edificios que rodeaba al extractor de kima. El extractor era la base de la vida en Ratztön y en todas las demás ciudades-cúpula. Consistía, básicamente, en una enorme torre que se hundía decenas de pisos bajo tierra, donde extraía la preciada energía kima de las capas más bajas del suelo, donde se hallaba en gran cantidad. Luego se la hacía subir por la torre a medida que se la refinaba para acabar siendo repartidas por todas las fábricas y casas de la ciudad. El Señor del Extractor, como se llamaba al propietario del extractor de cada ciudad, era el gobernante de facto de la ciudad pues toda la civilización dependía de su maquinaria de extracción y de la protección de los Kayers, la guardia mercenaria de la ciudad especialmente entrenada.
Cuando Lig sabía que la zona de la plaza era segura iba allí a ver funcionar los enormes anillos del extractor y ver pasar a la “Guardia”, nombre que se le solía dar a los Kayers. A veces se sentaba cerca de los cuentacuentos y oía sus historias sobre el sol, las lunas y las estrellas. Lig dudaba seriamente de que el sol o las lunas existiesen, él nunca los había visto pues, como la mayoría de la gente de Ratztön, había pasado toda su vida bajo las enormes cúpulas de piedra que protegían la ciudad, iluminado por la luz espectral de las lámparas de kima que permanecían encendidas quince horas al día, para así alargar la jornada de los trabajadores en las fábricas.
Era la primera hora desde que se encendieron las luces y Lig ya se encontraba en su puesto esperando la llegada de los transportes de víveres que llegaban de las plantaciones del exterior para rogarles un poco comida. Para su desgracia recordó que era séptimo día de la semana (la semana de las ciudades cúpula tiene trece días; divididos en uno de descanso, cinco de trabajo, uno de descanso, cinco de trabajo y uno de descanso) y que esos días no había transportes matinales. De modo que decidió desplazarse a otra zona de la calle, más cerca del Gran Diámetro.
A esa hora las prostitutas y vendedores de hierba panku más osados aun pululaban por los callejones de las grandes calles ofreciendo su mercancía. Lig habría agradecido las alucinaciones provocadas por mascar el caucho de la hierba panku para sustraerse un rato del sufrimiento de las calles. Pero, lógicamente, no tenía dinero para pagarla. Una vez había probado un poco en el comedor de mendigos, apenas un trozo del tamaño de un pulgar y vio cosas horribles. Las visiones que provocaba el panku no fueron para él tan idílicas como otros decían. Tuvieron que sacarle del comedor a rastras mientras gritaba y babeaba.
Ahora andaba por la calle Talagran sin rumbo fijo mientras veía cómo se llenaba de gente que empezaba a llenar de gente atareada que salía de sus pequeños habitáculos en las viviendas—colmena para acudir a su trabajo, posiblemente en las grandes fábricas. Caminaba por la acera para evitar el paso de los ocasionales vehículos cuando, sin quererlo, una chica se tropezó con él.
Apenas se rozaron el hombro, la chica no pareció inmutarse pero Lig se quedó plantado en el sitio mientras ella se alejaba como si nada. Se quedó quieto en mitad de la acera con una mirada aterrorizada y temblando un poco. No se había percatado del golpe, apenas lo había sentido, fue que, en el momento de cruzarse, una dulce voz había resonado en el interior de su cabeza pronunciando: “sígueme”.
Lig permaneció inmóvil en mitad de la calle apenas cinco minutos, después se dio la vuelta y se lanzó a la carrera para encontrar a aquella chica.

▼ ▼ ▼

Lig corrió durante horas por las calles buscando a la chica. No le importaba comer, beber o dormir sólo le importaba encontrarla. Miraba en cada callejón, en cada puerta, a veces notaba cómo unos suaves dedos de seda le conducían y una sutilísima voz susurraba a su oído la dirección correcta.
La hora del toque de queda se acercaba y la luz de las lámparas se hacía cada vez más tenue imitando burdamente al atardecer. Lig ni siquiera notaba que cada vez veía peor, sólo pensaba en la chica, la chica lo era todo.
Y para su propia desgracia la encontró. Llegó a una calle secundaria muy poco transitada, nunca había estado allí, quedaba muy lejos de sus lugares habituales. Aquellos dedos de su mente seguían guiándolo, poco a poco hacia una puerta. Era una puerta común de metal, una más entre muchas, pero ésta le atraía como un imán, sabía que ella estaba dentro.
Lentamente, casi como un pobre infeliz acercándose a un altar confiando en lo desconocido para paliar su sufrimiento, se acerco a aquella puerta. No hubo de hacer nada, cuando se halló a escasos veinte centímetros de la puerta alzando el puño una mirilla se abrió y por ella asomaron dos ojos que le miraron con desaprobación.
—¿Quién eres, muchacho? —preguntó a través de la puerta una voz que pudiera haber pertenecido a aquellos ojos, que se clavaban en la cabeza de Lig atravesando los suyos y quemando como ascuas.
—No lo sé —respondió Lig sin saber por qué.
¬—Acércate, hijo.
Lig se inclinó un poco reacio hasta que estuvieron frente a frente aun con la puerta entre ellos. Y cuando sus ojos se clavaron en aquellos del otro lado de la puerta pudo sentir cómo su cabeza ardía y creyó sentir que el cerebro le hervía dentro del cráneo hasta estallar.
Cuando apenas podría haber aguantado un par de segundos más sin echarse a gritar el dolor ceso y la voz de aquellos ojos volvió a hablarle.
—Tienes la mirada del desesperado. Ahora eres suyo. Pasa.
La puerta se abrió, tras ella no había nadie.
Lig entró en el pequeño vestíbulo y oyó gritos al otro lado de la puerta del fondo. Se acercó y pegó la oreja a la puerta. En efecto eran gritos; pero Lig no supo distinguir si de placer, dolor o pánico; ni siquiera si eran humanos o alguna vez lo habían sido. Toda una algarabía de sonidos se alzaba al otro lado de aquella segunda puerta formando una macabra y anárquica orquesta.
Entonces la puerta se abrió hacia dentro y Lig casi cayó al suelo pero fue detenido por algo… Un cuerpo… Había caído sobre ella y se sostenía sobre su hombro, olía su perfume, sentía su tacto cálido y suave y mil pensamientos oscuros atravesaron su mente.
—Hola, Lig —dijo ella con una voz tranquila y suave como el terciopelo.
—¿Cómo sabes…
—Lo dicen tus ojos, todo está en tus ojos. Ven, verás el más maravilloso de los espectáculos.
Ella se retiró de la puerta y Lig, entre extrañas nieblas y la luz rojiza de una lámpara, pudo distinguir decenas de cuerpos revolcándose por el suelo, lleno de marcas de sangre. Ahora sabía que aquellos gritos eran extremos gemidos de placer.
Ella se colocó tras él, le rodeó la cintura con los brazos y empezó a susurrarle al oído.
—Observa, amor, el espectáculo de la depravación del ser humano. Sois tan asquerosos, tan sabrosos…
El tono de estas palabras hicieron que Lig deseara unirse a aquella enorme orgía, espasmos de placer le recorrían sin razón aparente.
—Aún no, amor, antes mira, observa —susurro ella mientras lamía su oído.
Lig ya no podía apartar la mirada de aquella gran bestia de carne desnuda que no paraba de moverse, integrando todos los cuerpos en uno solo, haciendo que se movieran para disfrutar. Había hombres, mujeres, ancianos y niños; todos imbuidos de una aterradora y antinatural ansia de placer. Lig los observaba pidiendo que aquello que oía entre el gran crisol de gritos no fueran llantos de bebé o ladridos de perro.
El extraño vaho que rodeaba la habitación empezaba a filtrarse por su nariz y su boca, no podía evitar respirarlo. Su olor era dulce, pero notaba como lo asfixiaba; llenaba sus ojos y hacía que le lloraran y se notaba cada vez más y más pesado.
Al final sentía como su consciencia decidía abandonarle. Cayó de los brazos de ella y se desplomó. Pero, para cuando su cuerpo hubo golpeado el suelo, ya se hallaba en un mundo de extraños sueños.

▼ ▼ ▼

Lig se sacó a rastras a si mismo de aquel mundo de sueños y despertó tirado en mitad de la habitación.
Miró a su alrededor… Había sangre, cuerpos y trozos de cuerpos. Un solo pensamiento rondaba su mente en ese momento: “tengo que largarme de aquí”.
Intentó ponerse de pie pero era imposible, sus miembros apenas le respondían no podía apenas mover un dedo sin un colosal esfuerzo. Tal vez la desesperación, tal vez una desconocida fuerza de voluntad ayudaron a Lig a conseguir clavar una rodilla en el suelo y mover los brazos para extenderlos con las palmas sobre el suelo.
Pero no pudo más, la energía se le acabó y quedó en esa posición por un tiempo que fue incapaz de medir hasta que se halló de nuevo con fuerzas para hacer otro de los movimientos que habrían de ayudarle a erguirse. Con esfuerzo consiguió clavar la otra rodilla en el suelo y alzarse un poco con lo que quedó a cuatro patas.
Pero sus brazos flaquearon en esa posición y volvió a caer se hizo daño en la barbilla y el pecho al caer y perdió la respiración unos momentos. Pero no se rindió y sacando fuerzas de donde pudo consiguió ponerse de lado y se impulsó con la poca fuerza de sus tríceps para quedar sentado en una precaria postura.
De esta forma se arrastró torpemente hasta una pared ensuciándose con la sangre y las vísceras desparramadas por el suelo. El muro le sirvió de apoyo para volver poco a poco a la verticalidad. Se puso de rodillas despacio con el hombro y las manos contra la pared y, apretándose contra ella, pudo erguirse hasta conseguir permanecer de pie aun con el temblor que había invadido sus piernas.
Una vez en esa posición se cuestionó acerca de cómo iba a lograr dirigir sus inestables piernas lo suficiente como para salir de aquel maldito sitio sus meditaciones se vieron interrumpidas por la solución. Por desgracia ésta era la última que hubiera deseado Lig.
En un momento la puerta salió disparada hacia dentro de la habitación y la luz del exterior se filtró en la habitación hiriéndole los ojos. Intentó cubrírselos con el brazo pero éste no quiso responder a sus órdenes y permaneció fláccido por lo que sus ojos permanecieron destapados para que pudiera ver cómo tres kayers entraban en el sitio portando fuertes linternas. Se acercaron hasta él, lo sujetaron y empezaron a hacerle preguntas. Lig volvía a sentir como el mundo daba vueltas a su alrededor y no pudo entender lo que le decían y mucho menos responder.
Vivió como en un sueño febril cómo le transportaban por las calles hacia un gran edificio que Lig no pudo reconocer como un cuartel de los Kayers. Sintió los golpes lejanos cuando le lanzaron dentro de una celda blanca cuyas paredes reflectaban la fuerte luz de una lámpara y después cerraban las puertas a su espalda. Se quedó tirado en la camilla y durmió profundamente.

▼ ▼ ▼

Soñó con la chica, la chica, la chica y siempre la chica. Soñó con ojos profundos que le miraban, que le escrutinaban todo lo que era hasta lo más profundo de su ser. Soñó que le despedazaban, le rehacían y le volvían a despedazar una y mil veces. Soñó, soñó y sólo soñó hasta que, más allá del sueño volvió a oír la voz.
Esta vez la voz le rogaba que despertara, que se levantara y caminara. Poco a poco aquel sonido fue disolviendo las sombras que lo rodeaban. El sueño se dispersó deslizándose como un líquido viscoso hasta que no quedó nada y Lig despertó, más lúcido de lo que jamás hubiera estado.
La voz seguía resonando en su cabeza, justo por detrás de sus ojos, como el palpitar de un segundo corazón; y susurraba a sus oídos el camino a seguir.
Lig miró al frente y vio que por algún motivo la puerta de la celda estaba abierta, no dudó ni por un instante de que fuera cosa de la chica. Se alzó de la camilla con la agilidad de un gato y se escabulló entre los pasillos en un silencio que parecía absorber cualquier otro sonido. Los pasillos eran de una blancura idéntica como idénticos eran entre ellos, sin embargo la voz le hablaba sin palabras señalándole el camino correcto.
La voz apagó en la mente de Lig la noción del tiempo y el espacio por lo que no pudo saber cuánta distancia ni por cuánto tiempo caminó en aquel intrincado laberinto que, por otro lado, quizá no era un laberinto y eran simples ilusiones de la voz. En cualquier caso cuando encontró la puerta ya era de noche. Ni por un momento se sorprendió Lig de no hallar a nadie por los pasillos de la misma forma que tampoco lo hizo cuando vagó por las calles desiertas en pos de una chica que cada vez oía más nítida en lo más hondo de su ser.
Siguió por las calles vacías de Ratztön hasta que, por fin, la encontró. Supo que estaba ahí mucho antes de verla o siquiera de acercarse al sitio donde estaba. Lo supo porque su voz se oía ya clara como un manantial y más dulce que una caricia. Se dejó lleva hasta un estrecho callejón y la tuvo delante.
Le esperaba desnuda, en el centro del callejón. Sus manos descansaban unidas a su espalda para resaltar su busto esculpido como el de una diosa griega levemente velado por el largo cabello que caía sobre él. Sus suaves curvas se ensanchaban y acortaban enmarcando su precioso cuerpo desde su rostro de ángel hasta sus piernas que parecían hacerse infinitas pasando por el blanquecino triángulo de su pubis.
Lig no pudo resistirse a la visión y se lanzó sobre ella sin que ninguno de los dos llegara a mediar palabra. Se besaron y acariciaron para luego entregarse a la pasión una y otra vez por un segundo y toda la eternidad en el suelo de aquel callejón.
Mas cuando el tiempo, impiadoso retornó a aquel lugar para encontrarlos tirados, desnudos y empapados en sudor y líquidos reproductivos y fue único testigo de lo que a continuación aconteció.
La chica se volvió a Lig, tomó su cabeza entre las manos y le miró a los ojos. Él hizo ademán de acercarse creyendo que le deparaba otro beso pero ella le detuvo. Continuó mirándole los ojos un rato más y por fin susurró:
—Siempre estuvo todo en tus ojos.
Entonces, su lengua salió de su boca con una longitud inhumana y con un extremo tan afilado que pudo usarlo para arrancarle los dos ojos a Lig y devorarlos en cuestión de segundos. Éste se retorció durante largos minutos en el suelo agarrándose los ojos y gritando hasta que por fin se desangró totalmente y dejó de moverse. La chica había desaparecido.

▼ ▼ ▼

Días más tarde dos funcionarios de la ciudad encontraron el cuerpo de un vagabundo tirado en un callejón, le habían sacado los ojos. Lo achacaron a una de las muchas peleas que se producían entre los mendigos por dinero o comida y lo echaron al carro con los demás cadáveres para llevarlos, al atardecer a un discreto edificio en una de las cúpulas adyacentes.
Allí dejaron a Lig junto con otras decenas de cuerpos hallados en las calles en una enorme máquina repleta de cuchillas. Estaba a punto de descubrir en primera persona de dónde provenía la carne de los comedores de caridad.

3/7/09

Yonqui de su voz

Ayer no comí, no bebí, no dormí, no viví pensando sin cesar en el adiós que nunca me dedicó. ¿Qué son los puñales fríos como centenares de inviernos y afilados como mil cuchillas comparados con las palabras que desgarraron mi corazón y destruyeron mi alma? ¡Nada! ¡Nada! ¿Por qué, cruel destino, me regalaste sus ojos y me dejaste dibujar sonrisas sin número en sus labios si antes de que el sol cayera me la volviste a arrancar llevándote con ella mi aliento? Oh sádico y malicioso hado, yo te maldigo por tus burlas. ¿Por qué te ensañas conmigo? ¿De verdad nací bajo tan aciaga estrella como para ser un enamorado del amor que lo persigue y persigue sin descanso para hallar como premio sólo reflejos y sombras de reflejos? Ahora soy yonqui de su voz, sólo sus palabras pueden ya llenar la carcasa vacía que otrora fue un cuerpo, mi cuerpo. No quiero que me la retornes, no quiero nada de ti, no te pido nada, excepto, tal vez, la paz...

2/7/09

Corre

Corre, animalillo, corre
no, nunca debes parar
si es que quieres de esa bestia
poder algún día escapar.
Corre, animalillo, corre
refugio en la oscuridad
buscas, mas debes saber
que aun así te encontrará.
No sirve la madriguera
pues él sabe excavar;
de nada sirven los árboles
pues él sabe escalar.
Así que corre, alimaña,
corre si quieres salvar
tu corazón y tu carne
de la boca de ese animal.
Corre, animalillo, corre
no, nunca debes parar
si es que quieres de esa bestia
poder algún día escapar.